Desde mi ventana, me he acostumbrado a ver por las tardes las palomas alrededor de Notre Dame, supongo que el panorama será bastante parecido en casi todas las catedrales del mundo.
Los más sabios regalan su tiempo sentados en los bancos de las plazas para dar de comer a cientos y cientos de palomas que acuden a diario en busca de la migaja de pan que tanto anhelan. Picotazos y volantazos surgen entre ellas cuando más de una quiere el mismo pedazo.
Una vez satisfechas alzan el vuelo para merodear la mano arrugada y envejecida de cualquier otro anciano detallista. A diario, pienso que el encuentro de un ser digno de admirar no se da porque nuestro ser responde al mismo movimiento migratorio de estas ratas voladoras...
Vamos buscando esos brazos llenos de experiencia para que nos alimenten y cuando los encontramos sólo disfrutamos hasta el momento que se esmigaja el primer pan, después, alzamos las alas en busca de otras historias.
Paradójico es, que no nos damos cuenta que esos brazos seguirán ahí al día siguiente brindándonos con el mismo amor el alimento. A veces, volamos encaprichados a otra parte sin conocer las infinitas posibilidades que nos pueden ofrecer unas manos sinceras y arrugadas por la vida.
2 comentarios:
Yo anhelaba la migaja de un abrazo.Y ahora tengo una panadería entera :)
Eneas me dijo que de cada tropiezo recogiera el olor del suelo,los destinos de las pisadas que oscurecían aquél lecho,que viajara a través de los chicles pegados......que apoyara con fuerza las manos......y siguiera volando con un salto......
Comparto esa suerte de encontrarme cada día con mi eneas particular,con ese viejecito que me arroja barras de pan.....aunque a veces me cueste verle cuando paso al lado del banco!!!!!
Publicar un comentario