Desde mi ventana, me he acostumbrado a ver por las tardes las palomas alrededor de Notre Dame, supongo que el panorama será bastante parecido en casi todas las catedrales del mundo.
Los más sabios regalan su tiempo sentados en los bancos de las plazas para dar de comer a cientos y cientos de palomas que acuden a diario en busca de la migaja de pan que tanto anhelan. Picotazos y volantazos surgen entre ellas cuando más de una quiere el mismo pedazo.
Una vez satisfechas alzan el vuelo para merodear la mano arrugada y envejecida de cualquier otro anciano detallista. A diario, pienso que el encuentro de un ser digno de admirar no se da porque nuestro ser responde al mismo movimiento migratorio de estas ratas voladoras...
Vamos buscando esos brazos llenos de experiencia para que nos alimenten y cuando los encontramos sólo disfrutamos hasta el momento que se esmigaja el primer pan, después, alzamos las alas en busca de otras historias.
Paradójico es, que no nos damos cuenta que esos brazos seguirán ahí al día siguiente brindándonos con el mismo amor el alimento. A veces, volamos encaprichados a otra parte sin conocer las infinitas posibilidades que nos pueden ofrecer unas manos sinceras y arrugadas por la vida.